Libros Gratis - El Hombre de la Mascara de Hierro
 
 
         

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--Lo que Vuestra Majestad me ordena es muy dificil; yo no puedo hacer morir por asfixia al señor Fou-
quet, y si me pide que le deje respirar, no voy a impedírselo cerrando cristales y cortinillas. Ya veis, pues,
que puede gritar y arrojar papeles por la ventanilla.
--Y está previsto el caso; los dos inconvenientes de que acabáis de hablar los obviará una carroza con un
enrejado de hierro.
--¡Ah! --exclamó D'Artagnan; --pero como no hay quien labre en media hora un enrejado de hierro pa-
ra una carroza, y Vuestra Majestad me ordena que vaya enseguida a casa del señor Fouquet...
--Ya está, --replicó el rey.
--Esto es distinto, --repuso el capitán.
--Todo está pronto, y el cochero y el lacayo aguardan en el patio de servicio.
--Sólo me falta preguntar adónde debo conducir al señor Fouquet, --dijo D'Artagnan inclinándose.
--Por ahora al castillo de Angers. Luego, veremos. ¡Ah! ya habéis notado que para arrestar al señor Fou-
quet no me valgo de mis guardias, lo cual pondrá furioso al señor de Gesvres. Esto quiere decir que tengo
confianza en vos.
Ya lo sé, Sire, y es inútil que lo ponderéis.
--Os lo he dicho con el objeto de manifestaros que si, por casualidad, por una casualidad cualquiera, el
señor Fouquet se evadiera... Porque se han dado casos, señor capitán...
--Con frecuencia, Sire; pero eso va con los demás, no conmigo.
--¿Por qué no con vos?
--Porque por un instante he tenido la idea de salvar al señor Fouquet.
El rey se estremeció.
--Porque, --prosiguió el capitán, --habiendo adivinado yo vuestro plan sin que vos me hubieseis dicho
sobre él una palabra, y siéndome simpático el señor Fouquet, al intentar salvarlo estaba en mi derecho.
--En verdad, no podéis tranquilizarme respecto de vuestros servicios, --repuso el soberano.
--Si yo lo hubiese salvado entonces, mi inocencia no pudiera negarse; y me aventuro a decir que habría
obrado bien, porque el señor fouquet no es un criminal. Pero en vez de escucharme, se ha entregado en bra-
zos del destino, y ha dejado escapar la hora de la libertad. El sufrirá las consecuencias. Ahora he recibido
órdenes para mí ineludibles; por lo tanto, dad por arrestado al señor superintendente, Sire, y por encerrado
en el castillo de Angers.
--Todavía no le habéis echado la mano, capitán.
--Esto es cosa mía; cada uno a lo suyo, Sire. Lo único que os digo, es que lo reflexionéis con madurez.
¿Me dais formalmente la orden de arrestar al señor Fouquet, Sire?
--No una, sino mil veces os la doy si fuera menester.
--Pues venga por escrito.
--Aquí está.
D'Artagnan la leyó, saludó al monarca, salió, y al legar a la azotea vio pasar todo satisfecho a Gourville
en dirección de la casa del superintendente.

EL CABALLO BLANCO Y EL CABALLO NEGRO
--Es sorprendente, --dijo entre sí el gascón; --¡Gourville corriendo alegre por la calle, cuando está casi
seguro de que al señor fouquet le amaga un peligro, y cuando es también casi seguro de que él es quien ha
avisado al superintendente por medio de la carta que éste ha rasgado en mil pedazos aquí mismo! ¿Gourvi-
lle se restrega las manos? señal de que ha hecho algo de provecho. ¿De dónde vendrá? Llega por la calle de
las Hierbas. ¿Adónde va a parar esa calle?
D'Artagnan miró por encima de las casas de nantes, dominadas por el palacio, la línea trazada por las ca-
lles, como pudiera haberlo hecho en el plano topográfico; sólo que en vez de un papel extendido, vacío y
desierto, el plano viviente se levantaba en relieve con los movimientos, el vocerío y las figuras de personas
y cosas. Extramuros se extendía la verde llanura, cerrada por el encendido horizonte y surcada por las azu-
ladas aguas del Loira y por las verdinegras aguas de los pantanos. De las puertas de nantes partían dos
blancos caminos que divergían como dos dedos separados de una mano gigantesca.
D'Artagnan, que había abrazado con una mirada todo el panorama, siguiendo la línea de la calle de las
Hierbas, fue a parar con la vista al punto de partida de uno de los caminos: y ya se disponía a salir de la
azotea para entrar en el torreón y bajar a buscar la enrejada carroza para irse a casa del señor Fouquet,
cuando le llamó la atención algo que avanzaba por aquel camino.
--¿Qué es aquello que se mueve allá abajo? --dijo entre sí el mosquetero. --Un caballo, un caballo des-
bocado sin duda.
El objeto movedizo se separó del camino y se metió por los sembrados.
--¡Un caballo blanco! --continuó el gascón, que acababa de ver resaltar el color del animal sobre la os-
cura alfalfa; --¡y lo monta alguno! De fijo que el jinete es un muchacho, y que el caballo, sediento, lo lleva


 

 
 

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